
Hoy, más que nunca, me he dado cuenta que el tránsito limeño es una porquería y que a la gente le gusta no seguir las normas; sí, es cierto, no todos hacemos todo de manera correcta, pero particularmente hoy me ha dado cólera todo lo que se relaciona con tránsito vehicular (¿y por qué no incluir a los peatones?).
Comencé el día saliendo de mi casa con un humor muy particular porque había descansado lo suficiente, creo, y recordé que no tenía exámenes y que ya vienen las vacaciones. Tomé el tercer bus que ofrecía trasladarme a un lugar cercano a donde tenía que ir, me senté en el último asiento del bus y lo que siguió fui un sinnúmero de momentos en los que quise asesinar al conductor (en verdad lo quise hacer): como pocos sabrán, la Marina está siendo arreglada por algún extraño motivo y por esto durante toda la avenida el bus me hacía rebotar de un lado a otro que incluían saludos a la madre del conductor de parte de los pocos que viajaban conmigo; además, el conductor parecía que era daltónico porque cada vez que veían un semáforo en verde se paraba, miraba a los costados, cambiaba de música y hacía lo que quería causando, lógicamente, otro saludo a su querida madre. Cuando tenía que bajar para tomar otro carro, querían que bajara en medio de la pista, ya imaginarán como terminó ese primer recorrido. Al cruzar la pista sucedieron muchas cosas (no se como categorizar esto) "divertidas": Una policía en medio del cruce dando pase a los carros mientras en ellos los conductores hablan por teléfono, cambian de carril intempestivamente y se cierran unos con otros.
En el paradero para tomar el segundo bus del día todo marchaba bien, subo al bus y empiezo a escribir esto hasta que llega el momento de bajar en el cual el conductor pretendía que yo baje en el carril del medio de la Via Expresa y en ese momento le digo: "¿Pretende que me baje acá o va a dejarme en el paradero?"; a lo que él responde "solo si se puede hermano". Me vi obligado a bajarme; no le mandé saludos a su madre, pero después me arrepentí de no ha

cerlo.
El tercer viaje fue en una combi, lo único que hizo fue cobrarme 50 céntimos y doblar a la izquierda al costado de un letrero que decía que no debería haberlo hecho.
El cuarto me llevó a mi casa para lo cual no recuerdo nada mas que gente que no cedía asientos a señoras y se frenaba muy rápido.
El quinto y sexto viaje fueron insignificantes.
El ultimo me llevó nuevamente a mi casa; y, finalmente, luego de escuchar un sorteo en el que podías ganar una "lectura de tarot con Josie y sus psiquicas o un iPod" llegué a mi casa a comer un rico pollo (no había almorzado).
Hoy mas que nunca me di cuenta en qué momento se jodió el Perú: en el que el gobernante de turno les dio libre albedrío al transporte.